La pizza no tiene por qué ser sinónimo de masa refinada y toneladas de queso procesado. Con la base adecuada y un buen equilibrio de ingredientes, puede ser una comida completa y razonablemente equilibrada. Aquí van tres versiones de base distintas para ir alternando.
Base de masa integral clásica
Mezcla harina integral, agua templada, levadura, sal y un chorrito de aceite de oliva. Amasa hasta que quede elástica, deja reposar una hora tapada y estira fina antes de hornear a máxima temperatura. Es la opción más parecida a una pizza tradicional, solo cambiando el tipo de harina.
Base de coliflor
Tritura coliflor cruda hasta conseguir una textura tipo arroz, cuécela al vapor unos minutos y escúrrela muy bien (este paso es clave, si queda húmeda la base no cuaja). Mezcla con huevo, queso rallado y especias, extiende fina sobre papel de horno y hornea 15 minutos antes de añadir los ingredientes. Mucho más baja en hidratos que la masa tradicional.

Base de garbanzo (socca)
Mezcla harina de garbanzo con agua, sal y aceite de oliva hasta conseguir una masa líquida, deja reposar 30 minutos y hornea en una sartén apta para horno bien caliente hasta que cuaje. Aporta más proteína que las otras dos opciones y no lleva gluten.
Ingredientes que suman, no que sepultan
Independientemente de la base, el error habitual es amontonar tanto queso y embutido que se pierde cualquier beneficio. Prueba a poner base de tomate natural, verdura variada (pimiento, champiñón, cebolla, rúcula fresca al sacarla del horno) y una cantidad moderada de queso de buena calidad.
Prepara la base con antelación
Tanto la masa integral como la de garbanzo se pueden preparar con antelación y guardar en la nevera 2-3 días, o congelar ya estiradas. Así, cuando te apetezca pizza entre semana, solo tienes que añadir los ingredientes y hornear.



